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El que quiero, el que tengo

Filipo Ocadiz

En qué país queremos estar realmente, uno donde todo tipo de tropelías son el común denominador. Ese país donde la ley del más fuerte es la moneda de cambio. Ese país donde cualquier pertenencia es motivo de agresión, robo y hasta la muerte por no dejar que se la roben. Ese país donde se puedematar, disolver, enterrar, desaparecer, cremar, colgar de puentes, desmembrar, encobijar o simplemente dejar tirado por ahí e incluso usar de mensaje “pa’ que aprendan a respetar”, a cualquier ser humano. Ese país donde ya no se puede viajar de un poblado a otro sin arriesgar la vida. Ese país donde cada quien se rasca con sus propias uñas. Ese país donde las mismas autoridades le piden a los ciudadanos que protejan más sus casas y que electrifiquen sus cercas. Ese país en el que cuando pasa todo lo anterior no pasa nada. Ese, o queremos uno diferente.

El panorama es desolador y sin embargo es el día a día de millones de mexicanos. La mayoría somos los buenos, se dice por todos lados, pero parece ser que los malos están en cualquier rincón. No ha faltado aquel que se ha envalentonado y se enfrenta a los delincuentes, sin saber o a sabiendas que también comete un crimen, pero que ante la indolencia de las autoridades no encuentra mejor salida. Ese México cansado de tanto esperar a que las promesas se cumplan o medio cumplan y que la seguridad y la paz retornen a su hogar. Paradójicamente quien utilizó la frase “el peligro para México”, resultó mucho peor de lo que se esperaba; tampoco pasó nada con aquel que firmó, pero nomás no cumplió, o tal vez si cumplió, aunque no dijo a quién.

Lo que es peor, es que muchas personas ven ahora una falla en el combate a una parte, solo una, de la corrupción que lo llenaba todo, el huachicol. Si se quiere acabar con la corrupción, se debe empezar por poner un alto a la impunidad, la una no va sin la otra. Por supuesto hay muchos que quieren nombres y cabezas rodando ante la situación que hoy nos aqueja, un tanto por no poder cargar gasolina, un tanto por saber de qué tamaño era el robo a la nación y, por ende, a todos nosotros. No hay que comenzar por saber nombres, eso es un espectáculo para que al final nada pase. De eso tenemos muchos ejemplos, con un botón de muestra basta: la maestra.

Dejemos, entonces, que las autoridades hagan su trabajo y que el Plan Contra el Robo de Combustibles siga su curso y esperemos el resultado de las investigaciones, cuando tengan que llegar. Es preferible, por donde se vea, que no haya nombres, pero si averiguaciones previas bien sustentadas a pedir que corra la sangre y terminar con algún chivo expiatorio, que por más que tenga vela en el entierro, no sea más que una burda entrega de sacrificio y al final termine con siete años de cárcel pero miles a salvo de la justicia. Debemos, claro está, estar muy atentos a cualquier información que surja desde el gobierno. Si realmente esto ya cambió, es en la vigilancia ciudadana no nada más del gobierno, sino también de otros ciudadanos donde está la respuesta. No es convertirnos en policía secreta, ni nada que se le parezca, de hecho, la ley lo exige, pues si se está observando un delito este se debe denunciar inmediatamente a la autoridad correspondiente. Además de que hoy tenemos herramientas que nos permiten una fluidez absoluta en la información. También, es lo justo, se debe proporcionar un teléfono de emergencias y denuncias del que todas las compañías de teléfonos tengan en su marcado rápido y que no necesite crédito para funcionar.

Cambiemos todos, el país que queremos. Hagamos algo por nosotros y por los demás, para los de hoy y los de mañana. No abonemos a crear una histeria de lo que no pasa. Hagamos que pase lo bueno que siempre quisimos que pasara.

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