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Zapatismo fuera de lugar

Marcos Marín Amezcua

El Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) fue una suerte de llamarada de petate. Sí, generó muchas simpatías por sus justos señalamientos. Señalamientos que hablaban de verdades que sobre todo, enlodaban el muy enlodado nombre del priismo, solapador de tanta injusticia en Chiapas y en México. Los reclamos que venían de los pronunciamientos desde la selva lacandona eran sensatos y generaron aplausos justos. Allí queda su mérito. Pero la historia no se quedó allí. 

Ya luego una vez que definieron que no deseaban un separatismo, que al PRI parecían arrinconarlo en Chiapas y obtuvieron desde una ley de amnistía, los acuerdos de San Andrés Larráinzar hasta la reforma indígena constitucional de 2001 y algo más, los dejaron quietos. Y se estuvieron quietos. Nunca ha quedado tan claro qué buscaban. ¿Ser? ¡Ahhh! eso. Se limitaron a administrar su triunfo, porque desde luego que lo fue. Ya luego se confrontaron con la izquierda y refutaron su legitimidad y participación política. Y en el camino siempre desconocieron empatía con gobierno alguno. De manera inversamente proporcional se han callado frente a los grandes temas nacionales. Para intentar el ejercicio de un liderazgo, se quedaron bastante cortos y sin marcar rumbo ni conseguir más y nuevos apoyos. Reducidos a sus comunidades, porque sus aspiraciones eran la justicia y parar en ellas y no pasaron de allí. Acabaron por no ser el eco de una Nación. La venta de camisetas  –recuerdo unas carísimas en euros en un parque de Sevilla– y la romántica imagen de Marcos dando la vuelta al mundo como símbolo de globalifóbicos, ha quedado sin más. Porque no daba para más. Hoy no son referente en México, que es donde deberían de serlo. 

Pues resulta que se recluyeron. Nunca aceptó el subcomandante Marcos constituir un partido político y contender sometiendo a las urnas el parecer de la Nación frente a sí y su desempeño. Rehuyó las urnas porque arguyó que el sistema de partidos estaba podrido. Así no corrió el riesgo de evidenciar el verdadero apoyo, como le pasó a guerrillas en Guatemala o Colombia derrotadas. En El Salvador les fue bien. Pudo haber apostado y no quiso. Nunca sabremos si sería o no aceptado realmente. Le ha convenido así.

Dejémonos de si es un encapuchado sin más o si no hay más ejército que el nacional. El punto es que en 2018 el zapatismo se ha aislado per se, no puede cuestionar a nadie y carece de los estamentos que rigen a la Nación, como son el voto efectivo y aun en el marco de los usos y costumbres no son las suyas, formas que se ajusten a tales. En forma alguna. Dicen que los zapatistas representan causas populares, pero han representado a las suyas propias que no necesariamente son ni han sido las del país. La Nación le conoce menos pronunciamientos de lo que le importa. Y bien puede preguntarse ¿y quién es Marcos? ¿qué representa realmente en 2018? ¿qué le debemos? La verdad nada. Igual que a Colosio. Dejémonos de romanticismos a lo 1994. 

Los intereses de la Nación que desde luego desbordan los límites de Chiapas, quedan en entredicho en un nuevo arranque de esos que nunca nos han dejado boquiabiertos  a muchos. Marcos es histriónico, pero se olvida de que solo será tal si los demás se dejan amedrentar o impresionar. A mí no me ilusiona ni me sorprende y por eso sí lo cuestiono. Su posición reta a un gobierno elegido en las urnas, que no es su caso. A Marcos hay que recordarle que no ha sido elegido por la Nación para dirigir nada. No proviene de la libertad popular mayoritaria libremente expresada e incluso, se ha negado a las urnas. Sí, fue elegido entre sus seguidores pero hasta allí y no representan  a nadie. Nunca. 

López Obrador ha contendido tres veces en las urnas y sea como sea, sabemos cuál es su verdadero apoyo electoral. Marcos representa humo en ese sentido y no representa esa libre votación. Por lo tanto, muy poco representa hoy, elegido por nadie en los causes legales, en una democracia como pelea ser y nos ha constado tanto que sea la mexicana, en que el guerrillero queda mal parado. Ni siquiera propone alternativas. El insulto fácil e irresponsable sin más. Malo porque bien que mal las aspiraciones zapatistas y todas se sufragan con dinero y el turismo puede ser una fuerte estupenda para conseguirlo. Oponerse al tren maya es un error. Lo normal. Un sujeto que no consigue articular una idea clara y un rumbo fijo solo es eso. Es una capucha y un micrófono. Poco menos.

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