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Alerta ecológica ante la construcción del nuevo aeropuerto

Oscar Blanco González

En los últimos años, una decisión no había polarizado tanto a la opinión pública. La construcción del nuevo aeropuerto implica una política pública de largo alcance. No obstante, no existe información cierta más allá de algunos “clichés” sobre las bondades o desventajas del proyecto. Desconocemos a ciencia cierta las ventajas para los habitantes de la zona metropolitana de construir un “mega” aeropuerto en uno de los pocos espacios libres disponibles en el oriente de la CDMX.

 

Escasean las argumentaciones sobre todo de tipo ecológico para realizarlo. Este problema es recurrente en la implementación de políticas públicas en nuestro país. No existe continuidad a la hora de llevar a cabo las decisiones. De ahí que es viable preguntar si el “mega” aeropuerto no se contrapone al antiguo Proyecto de Lago de Texcoco de 1971 bajo la orden de Luis Echeverría y destacados ingenieros encabezados por Nabor Carrillo, ex rector de la UNAM, que idearon un plan de desarrollo sustentable para el oriente de la Ciudad. Plan que ahora parece quedar en el olvido. ¿No resulta un “disparate” esta construcción en la parte más “baja” del antiguo lago de Texcoco? El terreno presenta características únicas. A pesar de que ingenieros “expertos” están colocando más de 6 millones de metros cúbicos de tezontle para estabilizarlo, y una cimentación de más de 7 mil pilotes que evitarán asentamientos diferenciales en un terreno que se hunde nada menos que ¡35 centímetros al año! 

 

La Ciudad de México posee agua, pero no sabe cómo lidiar con ella. Es una relación de amor-odio que tenemos desde tiempos ancestrales. Comenzando con la fundación de México-Tenochtitlán, los trabajos de Enrico Martínez con los canales de desagüe, la trágica inundación de 1629 que mantuvo a la ciudad anegada por cinco años aproximadamente, y un largo etcétera, demuestra que tenemos problemas para relacionarnos con este vital líquido.

 

Inclusive los espejos de agua colocados en el sexenio de José López Portillo para recordar a la antigua Acequia Real que pasaba por la calle de Corregidora acabaron en un vertedero, convirtiendo esta noble intención en una zona insalubre.

 

El problema con la construcción del aeropuerto es que puede comprometer el desarrollo futuro de la zona y de la zona metropolitana que será presa de la especulación inmobiliaria, y degradación como sucede recurrentemente.

 

En México se planea mal y se ejecuta peor. Existen múltiples ejemplos de ello, como la “connotada” zona de Santa Fé que prometía un desarrollo de clase mundial, y al final replicó los problemas urbanos de siempre, falta de movilidad, agua, transporte, inseguridad entre otros asuntos.

 

El nuevo aeropuerto es una “ventana de oportunidad” para establecer una política pública de largo alcance que sea capaz de brindar desarrollo ordenado a una de las últimas libres del área metropolitana. Su construcción es importante, pero lo central del debate debería ser el rescate del Lago de Texcoco y como complemento el aeropuerto. Ideas hay, como el proyecto de Ciudad Futura de Alberto Kalach y otros connotados urbanistas incluyendo a Teodoro González de León, cuyas propuestas fueron desechadas para privilegiar únicamente intereses económicos.

 

Las ausencias de otro tipo de criterios privaron en el proyecto, y quizá permeó la corrupción en el otorgamiento de los contratos. Norman Foster, reconocido arquitecto, resultó ganador del “mega” aeropuerto que incluye la parte ecológica como accesoria, tan sólo se prevén medidas complementarias para la defensa del ecosistema creado a lo largo de los años con el Proyecto Lago de Texcoco, y al final sólo aparece como “meros “vasos reguladores. Esta situación puede afectar los microclimas que se habían venido desarrollando, y el regreso de las inclementes tolvaneras de los 70´s. ¿Por qué no aparecen las respuestas a las demandas de la sociedad civil organizada en el frente ecológico?

 

El Proyecto había venido funcionando y promovía la sustentabilidad hidrogeológica del ex vaso del lago de Texcoco y de las cuencas de los ríos tributarios del oriente del Valle de México. Lo anterior, con el fin de recuperar la zona degradada mediante el aprovechamiento racional de los recursos naturales, el desarrollo forestal y el saneamiento ambiental. El Plan no solamente rescató el ambiente. Actualmente es un ejemplo a seguir a nivel internacional. ¿Por qué lo desechamos?

 

En pocos años quizá ya no haya vuelta atrás. El aeropuerto es el mejor pretexto para dotar de viabilidad no sólo a la zona oriente sino al resto de la Ciudad de México. Que se hunde cada vez más rápido. El surgimiento de enormes grietas atraviesa múltiples delegaciones como Tláhuac, Xochimilco e Iztapalapa. Literalmente en esas zonas las hendiduras están “engullendo” casas y edificios.

Mientras sucede esto, los políticos han dejado a la Ciudad a su suerte, como siempre. Una sociedad civil “poco” organizada convalidará la destrucción del medio ambiente y condenará a las futuras generaciones. La zona será un nuevo páramo grisáceo de concreto.

 

Como decía el gran Arquitecto Teodoro González de León, colaborador en el proyecto de Ciudad Futura, en la revista Proceso en el 2001: “Nosotros decimos que debe ser lago más que aeropuerto, no aeropuerto más rescate ecológico. Es al revés, el aeropuerto pone el rescate del lago en el centro de la discusión y nosotros creemos que puede beneficiar a impulsar el Proyecto del Lago de Texcoco. La diferencia es que para nosotros es fundamental rescatar al lago, y, para el gobierno, hacer un aeropuerto”. Lastimosamente casi 20 años después no lo entendimos y hoy estamos sumergidos en un enorme galimatías. Como sucede casi siempre en México, el futuro nos ha alcanzado.

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